martes, 28 de diciembre de 2010

Queens

-¿Qué buscáis los hombres en una mujer?
-Mmmm...¿a qué te refieres?
-Que qué es lo que quieres que tenga la persona con la que estés, coño, no es muy difícil.
-¿Ahora mismo?
-Claro.
(Se oye chirriar un cerebro del esfuerzo)
-Que esté buena. Ah, y que no sea pesada.

Aplausos.
Fin de la escena.
Vale, de acuerdo, felicidades por todas tus metas y aspiraciones. No te preguntaba cómo querías que fuera tu futura esposa, pero lo triste es que bifurques el camino entre las que merecen la pena y las que no, para maltratar a las segundas, y de paso, y como sin querer (evitarlo), a las primeras. Asumes que hay personas para toda la vida y otras para un ratico, si puede ser, corto y lleno de pasión sin sentimiento, y lo más desalentador es que rechazas a las que querrías que vieran cómo tu rostro degenera arruga tras pata de gallo. Porque buscas polvos y no de los mágicos, cero responsabilidades, mil de golferío. Sueñas con que un día alguien como nosotras se cruce en tu vida, pero morirás solo. No te mereces ni a la más descerebrada de todas las americanas rubias teñidas del universo del Estupidismo.

¿Nosotras? ¿De quién hablas?
Pues de las Tres Marías, obviamente. De seres que pueden bailar por la calle al ritmo de una cabra agitanada sin sentirse expuestas, a mujeres que ven el mundo con una lente del tamaño de un Tiranosaurio Rex, de chicas que pueden ver a un freakie pálido diciendo un montón de tonterías y atragantarse con los bombones Nestlé de la risa, de personas que te aman por encima de todas tus tonterías, que incluso adoran tus contras, que se tirarían por un precipicio sin con ello tú fueras más feliz. Hablo de gente entregada sin motivo, simplemente porque ven belleza en lo que les rodea, y que soportan los azotes con tal de ser fieles a sí mismas. Con sus grandes baches y sus cagadas monumentales, pero con quince pares de narices para sacar pecho y decir "Sí, he sido yo". No necesitan un matorral a lo Eva para taparse las vergüenzas, porque no tienen absolutamente nada de lo que pedir perdón. Si hablo de perfección es precisamente de aquella que instaura una debilidad, un reconocimiento de la misma y un acarreamiento de las consecuencias. Viven con sus victorias por bandera y sus lágrimas en los bolsillos, y no dudan en arañarte la cara si te lo has merecido, o en castigarte con un silencio, en arder por dentro o besarte la nariz como premio.

Para ellas no hay más que garrulos discotequeros y ranas con esmoquin. Son felices porque trabajan cada minuto para serlo, y se sienten afortunadas de vivir en su piel. La respuesta a ello reside, no en el destino cruel e incierto, no en las minúsculas ratas con las que se topan diariamente, sino en la convicción nítida y serena de que ellas...
...ellas son las jodidas amas del universo.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Tiritas

Esta noche no quiero tonterías, sino cosas serias (sorbo de café). Quiero obviar todas las banalidades que me entran por oídos, ojos y boca cada día, las estupideces, los sinsentidos y las sinsentidas, si me apuras, y centrarme en lo grande, en mi futuro desdibujado, en lo que pierdo a cada instante.
En las caricias que nunca vuelven, y en lo efímero de mis segundos. Nada ni nadie cobra la más mínima de las relevancias en las vidas ajenas cuando se afirma rotundamente que "el tiempo lo cura todo". Es una maldita ofensa. ¿Puede la consecución de los días borrar a un ser humano, en todo su esplendor? Sus sueños, sus metas, sus debilidades. ¿Puede ser que porque ya haya pasado un año desde el jodido año pasado, y así sucesivamente, tenga yo que ordenarle a mis neuronas que dejen de procesar la cara de felicidad pura que aparecía ante mí cuando me apretaba los mofletes? O su tacto, por el amor de Dios. La textura de la yema de sus dedos de los pies entrelazándose con los míos y apretando tres veces fuertes y secas. Te-quie-ro. 
Otro asunto es superar. ¿Y qué es superar? ¿Aceptar que no volverás a sentir lo mismo? Y no, no es que debas confiar ciegamente en un sanador venidero, no. Nunca volverá nada de lo que ya has vivido, y es un hecho tan doloroso como la más cruel de las muertes. Tempus fugit, vita flumen, carpe diem y te puedo recitar cada tópico si quieres, hasta el locus amoenus que aquí no pinta nada, y quedarme tan pancha repitiendo a mis antepasados, y a los antepasados de mis antepasados, y así hasta el mismísimo Hombre de las Cavernas, y los sentimientos que cada pobre infeliz ha experimentado de forma idéntica.
Pero no. Nadie ha sentido mi opresión en el pecho ni mi llanto repentino. Nadie. Y me da exactamente igual cuantos millones de almas errantes haya en esta bola redonda, porque a nadie, maldita sea, le han apretado los mofletes de ese modo, y a nadie le han entrelazado con tres golpes secos los dedos de los pies, y nadie ha perdido lo que un día yo creí que iba a tener por siempre. A nadie se le han difuminado bodas mohicanas y paseos salvajes, a nadie. 
Me importan tres pitos las desgracias del mundo esta noche.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Negociemos

Mi madre me decía cuando era pequeña que tenía una vena melodramática difícil de frenar. "Tú sirves para el teatro, japuta", me reprochaba. El insulto último lo obviaba, pero sé que internamente maldecía mi estampa cada vez montaba el mismo numerito, con espectadores diferentes cada día.
Básicamente la historia se repetía, me costó mucho introducir los matices necesarios para dotarlos de credibilidad a ojos ajenos. Así que yo pedía algo -una Barbie, su casa en las afueras de California o su perro de pura raza, un paquete de chicles de fresa Boomer o una camiseta de Winnie de Pooh- y cuando Progenitora Dos se negaba alegando que siempre obtenía lo que quería y que ya-estaba-bien, yo, muy serena, procedía a desabrocharme con maña el cinturón de mi silleta y a deslizarme, ágil y sabiamente, por el hueco entre el reposabrazos y el reposapompis.
De este modo acababa yaciendo sobre el frío suelo, y una vez que me encontraba con todo el cuerpo tumbado, ordenaba a mi garganta que profiriera un agudo grito lleno de compungimiento. Simultáneamente aporreaba el asfalto y me ensuciaba de arriba abajo, y los lagrimones de crocodile me daban un aspecto muy poético.
Mi madre entonces, pobrecita ella, me intentaba levantar, pero siempre he tenido fama de hercúlea, y cuando finalmente lo conseguía no era por otra cosa que por la presión que sobre ella habían ejercido los cientos de millones de miradas de reproche del populacho ante una niña tan rubia y tan cuqui que era vilmente maltratada por la estricta mujer. Ante estos afilados gestos de reprobación, me susurraba al oído "ahora te lo compro" o algo por el estilo, así que - y este es el final de mi bonita historia con la única moraleja de llevar el egoísmo y el chantaje por bandera- yo volvía a casa con mi Calipo de limón, o con mi chupeta de colorines nueva, o con una Thermomix.
El mundo solía estar en mis manos, todo era susceptible de ser adquirido.
Maravillosos noventa.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Letargo

Duermo, aparentemente de forma apacible. Decidí al reptar que no iba a entregarme, dudo seriamente que de algo me sirva. Coloqué el piloto automático y me dibujé unas pupilas sobre los párpados, para engañarte. Para engañarme.
Puede que me sueñes feliz, que incluso yo lo haga. La verdad es que mis amigos sólo son sombras del pasado, de uno que coloreo cada vez que mi mente se escapa. Rojo para las uñas clavadas en la carne, sin piedad en el ardor. Sepia para tus dedos tatuados sobre mis mejillas. Miel para tus ojos. Oscuro siempre tu ombligo.
Teñiste la infinidad de mis días de un tono amargo. De la mezcla imposible de describir del brillo que habíamos usado diariamente. No pintábamos con cuidado, sino con la mano abierta. Temerarios, nunca nos achicábamos ante el devenir. No necesitábamos cerrar los ojos, como yo desde que te fuiste, los manteníamos bien abiertos para experimentar las sensaciones, los sentidos alerta para comprobar nuestras texturas. Como dos exploradores en continuo movimiento.
Pero ya no.
Me di cuenta entonces de que no soy artista. No sé usar un pincel, ni sé apreciar la belleza de un buen retrato. Soy mediocre sin la mitad que me falta. Y paso las mañanas y las tardes y las noches y las madrugadas y cada ínfima parte de los agotadores segundos convenciéndome de que algún día podré despertar de verdad, sin artilugios.
Creer de nuevo en que la belleza anda rondando el mundo.
Confiar en el poder que todo lo altera.
Imaginar nuevos lienzos.