domingo, 2 de enero de 2011

Revelaciones mientras volaba

Resulta que el otro día, habiendo plantado hacía un rato las semillas del jardín de la Alegría en mis pulmones con cuatro azadas mal dadas, miraba al techo tapada hasta las pestañas, envuelta en la opacidad de las tres de la mañana, sin parar de hablar para mis adentros -y para mis afueras, sin darme cuenta-, riendo entre sílabas. Me percataba de mil pequeños detalles a la vez, mi cerebro falsamente avispado ligaba retazos de ideas con una velocidad pasmosa, ya saben, la lucidez del loco. Y en una de esas, y recordando las inhaladas, me pregunté por qué los plebeyos necesitarían evadirse una y otra vez de la realidad, con lo cuqui que es saber dónde y con quién estás en cada momento.
Ahí fue cuando mi voz de ultratumba me contestó sin previo aviso: por el vacío, ¡claro que sí! Ahí va mi brillante razonamiento, seguramente algo manoseado, y nada original, como sí lo fue el pecado en su día.
Detrás de toda necesidad creada se encuentra un hueco que las circunstancias, o tú mismo, provocaron. Alguien pleno y feliz detesta todo complemento innecesario, pero si algo falla, se recurre al pequeño caprichete, al rincón oculto, a la privacidad y el cierto morbo que concede el tener pecadillos inconfesables al cura del pueblo.
El que ama las ruletas sólo busca el subidón de adrenalina que le proporciona jugárselo todo, tener en su mano el poder de cambiar su vida. Quién sabe si con algo de pasta esto no sería una auténtica bazofia, ¿no? Sin embargo, aquél que es adicto a las entrepiernas puede que sólo ansíe el contacto humano porque tiene la cuenta del cariño en números rojos, al igual que la ama de casa cebada a chocolate Valor que no requiere más besitos en la mejilla, sino en otro sitio. Los admiradores del tabaco buscan el placer de respirar, ni más ni menos, y toma paradoja, pues al absorber el humo precisamente realizas ejercicios de relajación. El alcohol, por su parte, al igual que las drogas, etecé, son un simple camino para estar grogui, para no afrontar los quebraderos de cabeza, para desaparecer sin las agallas suficientes que comportaría un suicidio. Así va esto.
Y el que siga en pie, seguirá vicioso. Se reparará en algún centro de gente sentada en un corrillo que cuando dices tu nombre lo repite efusivamente con un saludo cordial delante, como si de una secta con un título como "Fraternidad Universal de Pirados"se tratara; pero siempre buscará otro pequeño placer callado. Que nadie lo descubra.
Yo soy adicta a la autocompasión teatrera, sin licencia ajena a interferir en mi monólogo de angustia creada. Amo buscar perfiles de rostros en la silueta de las montañas. He intentado desengancharme de unas buenas palomitas en el cine, pero no consigo hacerlo. Nunca renunciaría a quemarme en la playa, por mucho melanoma que ande jodiendo. Soporto los constipados con tal de mojarme cuando llueve a mares, si alguien se ríe a mi lado mientras trato de beberme el agua del cielo.
Cada uno tiene sus hobbies. Shh.

1 comentario:

  1. Perdido en los paraísos artificiales encontré paraísos artificiales.
    Los abracé sin juicio ni condena
    lloraron sin dolor
    bebí sus lágrimas
    murieron en descanso
    aborté mi mente
    nací.

    ResponderEliminar