Esta es una historia multirracial, internacional, supercalifragilística y común, ilustrativa de los ansiosos años de juventud y del patetismo que se desprende por cada poro de la piel.
Verán ustedes. He tenido la grata oportunidad de zambullirme entre cuatro varones estos últimos días en un apasionante viaje, y me he mimetizado con el ligero gotelé de las paredes divinamente para observar como una más de la manada. Cuatro días, todo incluido, incluyendo sus pijamas de franela, flatulencias y ataques de tos, conversaciones sobre guarrillas... en fin, se imaginan, intuyo.
Pues bien, prácticamente nacía ya en mí un bigote frondoso, porque de pronto una bombillita se encendió en mi avispado cerebro cuando, en un pub barra club barra discoteca mis pupilas se posaron sobre una pequeña asiática y su culona amiga rubia. Bailaba mirando a uno de mis coleguis, pero no de cualquier forma. Periódicamente - treinta segundos aprox- echaba un almendrado vistazo lleno de pretendida picardía al chaval, que no hacía otra cosa que buscar cuerpos mejores vagando por ahí, mientras intercambiaban impresiones al oído y mostraban los empastes de los molares fingiendo que lo que la otra decía era como para morirse de un ataque de risa preventivo, y simultáneamente agitaban las caderas al frenético ritmo de los acordes de una canción comercial de las de pum-pum-pum.
Mensaje que quería transmitir nuestra querida china: soy divertida, estoy disponible, llevo un rollo lésbico con la Nalgasprominentes que es la mar de sensual. Ven a cazarme y te aseguraré por lo menos, por lo menos, diez minutos de pasión sin medida.
Reconozco que me dio un poco de vergüenza mi condición de proyecto de mujer, y me pregunté automáticamente si yo me contoneaba como una leona en mitad de un zoo también. Vaya. Con razón luego nos toman por tontas, si es que lo somos.
Pues al día siguiente, cuando ya había perdido toda esperanza de que volviera el siglo en que éramos señoritas y ellos caballeros a lomos del corcel blanco, mis amados y ya cansados de leer pantallaespectadores, este amigo mío del que va toda la anécdota fichó a una mulatita de pelo afro que, literalmente, le ignoraba. Se paseaba como si el local fuera de su propiedad, y ni le dedicó un simple vistazo cuando él trataba de seducirla con un movimiento espasmódico que consideraba baile. Tal desesperación por llamar su atención que hasta consideró pedirle que se fotografiara junto a él. Le aconsejé sabiamente que mantuviera intacta su buena reputación incluso en aguas transnacionales y acto seguido hice una reflexión que dejo abierta para que puedan añadírsele nuevas ideas, azúcar, especias y muchas cosas bonitas.
Si para conquistar al enemigo tengo que fingir que me he metido tres rayas de coca y que mi cintura es comparable a la de S.M. Shakira, además de que la sosa de mi compañera de pista dice cosas con sustancia, personalmente prefiero quedarme sentadita en la barra. Eso siempre que no se le ocurra acercarse a ningún maromo con ataques epilépticos llenos de ritmo.
lunes, 29 de noviembre de 2010
lunes, 22 de noviembre de 2010
Mis restos
Creo que un día te aburrías de estar tirado en el sofá viendo la televisión con una mano dentro del calzoncillo -nunca me explicaré por qué sentís la tremenda necesidad de notar ese calorcillo mientras veis el fútbol- y llamaste a Pandora. Oye, Pando -para los amigos-, ¿me dejas tu cajita?Y claro, la abriste, y me sacaste a mí del huracanado revoltijo de armatostes varios que salían catapultados de ahí. Me tendiste la mano, y yo no quería cogértela, para qué mentirte, pero como me acariciaste con ternura el reverso, decidí agarrarte tímidamente el meñique, confiada en la promesa implícita que aquello suponía. Entonces, tras una breve pero intensa sonrisa, tu mueca se tornó maléfica, y me retorciste la muñeca mientras, de un salto, me colocabas a tu lado.
Ansiaba echar a correr, pero me sujetabas tan fuerte que no sólo me lo prohibías, sino que acabaste reduciéndome a un enorme charco ensangrentado. Ignoraste mis súplicas y una vez que no quedó más de mí que aquel Nilo rojizo y un vago concepto con una desinencia verbal propia del pretérito - no del pluscuamperfecto, precisamente-, te convertiste en el jodido Moisés y lo cruzaste- me cruzaste- sin mancharte ni la uña del dedo gordo del pie. Saliste victorioso, lo poco que quedaba de mí se apartó caballerosamente para no implicarte en aquella masacre, y me convertí en la proeza que narrarías con la mirada soñadora del que recuerda sólo en beneficio propio mientras tomaras un café con alguna chati tratando de llevarla al catre.
Te destruiste sola, me dirías, entonces. Nunca te obligué a salir del cofre, sabías que te exponías a esto. En el fondo creo que es posible que te vaya el sado. Si no, por qué habrías de amarme a mí.
Y claro que no, por Dios y por la Virgen. Lo que hay colgado en mis paredes, junto con las cabezas de jabalíes, no son tus entrañas. Recuerda que es imposible, están trituradas en algún lugar del lejano Egipto. Son mis escrúpulos. Sólo los necesito para que sirvan como muestra a los ojos de mis allegados de mi tremenda humanidad.
Ansiaba echar a correr, pero me sujetabas tan fuerte que no sólo me lo prohibías, sino que acabaste reduciéndome a un enorme charco ensangrentado. Ignoraste mis súplicas y una vez que no quedó más de mí que aquel Nilo rojizo y un vago concepto con una desinencia verbal propia del pretérito - no del pluscuamperfecto, precisamente-, te convertiste en el jodido Moisés y lo cruzaste- me cruzaste- sin mancharte ni la uña del dedo gordo del pie. Saliste victorioso, lo poco que quedaba de mí se apartó caballerosamente para no implicarte en aquella masacre, y me convertí en la proeza que narrarías con la mirada soñadora del que recuerda sólo en beneficio propio mientras tomaras un café con alguna chati tratando de llevarla al catre.
Te destruiste sola, me dirías, entonces. Nunca te obligué a salir del cofre, sabías que te exponías a esto. En el fondo creo que es posible que te vaya el sado. Si no, por qué habrías de amarme a mí.
Y claro que no, por Dios y por la Virgen. Lo que hay colgado en mis paredes, junto con las cabezas de jabalíes, no son tus entrañas. Recuerda que es imposible, están trituradas en algún lugar del lejano Egipto. Son mis escrúpulos. Sólo los necesito para que sirvan como muestra a los ojos de mis allegados de mi tremenda humanidad.
domingo, 21 de noviembre de 2010
Enchantée.
Presentaciones.
Te diría la mítica frase de The Orange County, soyquientúquierasquesea, pero no es cierto. Sólo que no quiero que me identifiques. Realmente no me apetece que sepas el color de mis pupilas, ni mi estatura, ni mis medidas. Sólo una cosa: soy una fémina. Sabrás lo que hace que me estremezca, conocerás de sobra aquello que me provoca náuseas, pero nunca podrás componer una imagen perfecta de mi apariencia. Quiero que se te antoje a tu gusto, colócame un par de tentáculos como perilla a lo hija ilegítima del Capitán Barbosa, o un pitillo largo y sofisticado como Audrey en Desayuno con Diamantes. Imagíname quizá siendo doble de Pamela Anderson, quizá una de las hermanastras feas de Cenicienta. Puedo bifurcarme en la vagabunda y la princesa, ser genio y lámpara, cielo e infierno. Todo agitado, no mezclado.
Seré la representación perfecta de la nada, la más insignificante de las transparencias, y a ratos tu todo más colmado. Seré el rincón oculto de tu alma, el amor incoherente, las palabras afiladas, las miradas iracundas y las caricias fingidas, el sentimiento puro, el vaho que escapa de los dientes y la carcajada desesperada, el acorde nostálgico, la ceniza de tu cigarro, la sombra tras el sol.
Ésta soy yo, y advierto:
mis intenciones no son buenas.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)