lunes, 29 de noviembre de 2010

Fauna disco

Esta es una historia multirracial, internacional, supercalifragilística y común, ilustrativa de los ansiosos años de juventud y del patetismo que se desprende por cada poro de la piel.

Verán ustedes. He tenido la grata oportunidad de zambullirme entre cuatro varones estos últimos días en un apasionante viaje, y me he mimetizado con el ligero gotelé de las paredes divinamente para observar como una más de la manada. Cuatro días, todo incluido, incluyendo sus pijamas de franela, flatulencias y ataques de tos, conversaciones sobre guarrillas... en fin, se imaginan, intuyo.

Pues bien, prácticamente nacía ya en mí un bigote frondoso, porque de pronto una bombillita se encendió en mi avispado cerebro cuando, en un pub barra club barra discoteca mis pupilas se posaron sobre una pequeña asiática y su culona amiga rubia. Bailaba mirando a uno de mis coleguis, pero no de cualquier forma. Periódicamente - treinta segundos aprox- echaba un almendrado vistazo lleno de pretendida picardía al chaval, que no hacía otra cosa que buscar cuerpos mejores vagando por ahí, mientras intercambiaban impresiones al oído y mostraban los empastes de los molares fingiendo que lo que la otra decía era como para morirse de un ataque de risa preventivo, y simultáneamente agitaban las caderas al frenético ritmo de los acordes de una canción comercial de las de pum-pum-pum.
Mensaje que quería transmitir nuestra querida china: soy divertida, estoy disponible, llevo un rollo lésbico con la Nalgasprominentes que es la mar de sensual. Ven a cazarme y te aseguraré por lo menos, por lo menos, diez minutos de pasión sin medida.
Reconozco que me dio un poco de vergüenza mi condición de proyecto de mujer, y me pregunté automáticamente si yo me contoneaba como una leona en mitad de un zoo también. Vaya. Con razón luego nos toman por tontas, si es que lo somos.

Pues al día siguiente, cuando ya había perdido toda esperanza de que volviera el siglo en que éramos señoritas y ellos caballeros a lomos del corcel blanco, mis amados y ya cansados de leer pantallaespectadores, este amigo mío del que va toda la anécdota fichó a una mulatita de pelo afro que, literalmente, le ignoraba. Se paseaba como si el local fuera de su propiedad, y ni le dedicó un simple vistazo cuando él trataba de seducirla con un movimiento espasmódico que consideraba baile. Tal desesperación por llamar su atención que hasta consideró pedirle que se fotografiara junto a él. Le aconsejé sabiamente que mantuviera intacta su buena reputación incluso en aguas transnacionales y acto seguido hice una reflexión que dejo abierta para que puedan añadírsele nuevas ideas, azúcar, especias y muchas cosas bonitas.

Si para conquistar al enemigo tengo que fingir que me he metido tres rayas de coca y que mi cintura es comparable a la de S.M. Shakira, además de que la sosa de mi compañera de pista dice cosas con sustancia, personalmente prefiero quedarme sentadita en la barra. Eso siempre que no se le ocurra acercarse a ningún maromo con ataques epilépticos llenos de ritmo.

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